En mis reuniones de comunidad de vecinos es difícil ir sin tener una licenciatura o un grado superior en arquitectura, luminarias, derecho, económicas o biología micológica. A veces voy con mi sillita, pues no hay asiento para todos en la sala multiusos, y me pongo en el lugar más apartado de la mesa de gobierno donde se toman todas las decisiones y que formatearán las futuras derramas que marcarán nuestro destino en lo universal.
Empiezo a escuchar argumentos de unos y otros. Lo único que hacen es pisotearse los turnos de palabra porque siempre quieren hablar de lo que a ellos únicamente les importa y, si está involucrada su camada o su pollada, pues peor todavía. No hay mejor argumento y escudo humano que involucrar en tus mierdas vecinales a tus cachorros. Es algo imbatible que enardece todos los ánimos.
En estas reuniones cada vez me hago más pequeño ante el alarde oratorio del presidente, vicepresidente, gestor de gastos y administrador. Es acojonante. Me doy cuenta que no tengo ni puta idea de nada. Muchas veces no sé de qué coño hablan aunque, en mi fuero interno pienso que es mejor. Posiblemente, la realidad no la pueda aguantar. Y así me va. Voto según las cantidad de manos que se levantan antes que yo porque pienso que, seguramente estarán mejor informados que yo que soy el perfecto inerte inútil que les mira y se esconde en un bosque de brazos alzados. No entiendo nada. ¡Qué cojones es este galimatías! ¿Ellos saben realmente el nombre de sus hijos y con quién se acuestan, o no, cada noche? Yo lo preguntaría. Lo demás humo y pretenciosa vanidad.
VENTURI - PITBULL (2023)
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